AGONÍA Y MUERTE DE FRANCO. FAUSTINO F. ALVAREZ

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MADRID, cinco veinticinco de la madrugada del jueves 20 de noviembre de 1975. Franco muere en la primera planta de la clínica de «La Paz». Poco más de treinta días de enfermedad. Casi ochenta y tres años de vida. Pesa poco más de treinta kilos. Lleva a bordo de su cuerpo el zarpazo de varias dolencias gravísimas: en el corazón, en el riñón, en el intestino. Se derrumba, a los ojos de los hombres, la vida de uno de los personajes más significativos de la historia de España. Queda el juicio de Dios y el juicio de la Historia. A pesar de la penosa agonía, el rostro de Franco no está desfigurado. Sus manos y su cara conservan hasta un cierto frescor. Es el cuerpo que se inclinó, día a día, jornada a jornada, sobre la mesa del despacho en El Pardo. Las manos que en 1924 pusieron un anillo de esposa en las de una joven ovetense, Carmen Polo. Las manos frías que, en 1940, hicieron titubear a Adolfo Hitler, en Hendaya. Las manos que acariciaron a una familia, a unos nietos e incluso a unos bisnietos. Las manos, también, que sostuvieron firme, durante horas, la caña de pescar sobre las aguas del río Sella, uno de los ríos sal-moneros más importantes de Europa. Ahora, en la madrugada del 20 de noviembre, esas manos están frías, cruzadas sobre el cuerpo, muertas. Francisco Franco se ha convertido en aliado eterno de uno de los factores más significativos de su estrategia psicológica y política: el tiempo. La música de la «Generala» corta, a las seis y doce minutos de la madrugada, la programación de todas las emisoras españolas. Llega la voz del ministro León Herrera: Con profundo sentimiento doy lectura al comunicado siguiente. Con entonación temblorosa, el ministro de Información y Turismo dice que: según comunican los médicos de turno, Su Excelencia el Generalísimo acaba de fallecer como final del curso de su «shock» tóxico por peritonitis. Más adelante, León Herrera dice: Desde la misma tristeza en esta hora dolorosa para España, a la que Franco entregó toda su vida, recemos una oración por su alma y tengamos, al propio tiempo, un recuerdo muy especial para su familia que hoy está en la vanguardia del inmenso dolor nacional. Nuevamente música religiosa a través de la radio: la «Misa de réquiem» del padre Victoria. Liberame, Domine de morte aeterna. A los pocos minutos de la muerte de Franco entraba en «La Paz» Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno, con corbata y brazalete negros. A las cinco y treinta y tres minutos llega el ministro de Justicia, Sánchez Ventura, notario mayor del Reino, que ha de testificar el fallecimiento tras el dictamen médico.

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