Fernando el Católico – José Mª Moreno Echevarría

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1965

Pocas figuras históricas han llegado hasta nosotros, al cabo de los años, tan falseadas como la de Fernando el Católico. Estudiando su vida, queda uno sorprendido al ver lo injustamente que se le ha relegado y el afán con que se ha pretendido despojarle de sus glorias más legítimas. Parece como si hubiese existido una conjura, una confabulación para restar méritos a su obra. Mientras se ensalza desmesuradamente a estadistas mediocres y políticos de fortuna, a Fernando el Católico se le niega, con notoria injusticia, el puesto que le corresponde entre las grandes figuras de la historia. Quiérase o no, es el creador del imperio español y el brillo de éste ha de reflejarse, en justicia, en su forjador. Existe, no obstante, el hecho curioso de que este falseamiento de su obra sólo comienza a tomar cuerpo en época muy posterior a su fallecimiento, pues durante los dos primeros siglos después de su muerte, sólo se vierten sobre su obra y su memoria los juicios más elogiosos. Ha sido después cuando se ha tratado de oscurecerle, empequeñeciendo su figura de gran estadista hasta dejarla reducida a la de un vulgar y astuto político, oportunista y de mala fe, mezquino, ingrato y envidioso, ignorando o no queriendo ver, ni el firme e invariable desarrollo de unos planes largamente meditados y absolutamente definidos —en oposición a todo oportunismo— ni la profundidad y amplitud de su pensamiento político. Parece que una de las causas que más han contribuido a desvalorizar la obra de Fernando, ha sido el que su nombre haya tenido que ir emparejado con el de Isabel la Católica. Al margen de las excelsas cualidades con que ésta se hallaba adornada, parece que aquí se ha querido rendir tributo al eterno femenino. La deslumbrante figura de Isabel ha cautivado tanto a poetas como a historiadores y este clima de apasionamiento ha repercutido en la objetividad que debe presidir en todo juicio histórico. Así es como se viene aceptando el hecho de que en el esplendoroso reinado de los Reyes Católicos, Isabel fue el genio rector y Fernando un simple, aunque eficaz, colaborador suyo; Isabel, el astro refulgente, y Fernando, su satélite. Pero ésta es una de tantas leyendas que un ligero análisis basta para desvanecer. Si durante treinta años, Fernando no fue más que un auxiliar de Isabel, era lógico que al fallecimiento de ésta se notase su falta en el manejo del timón del Estado, máxime en las circunstancias tan difíciles en que Fernando tuvo que nacerse cargo del gobierno. Pero fue precisamente en estos doce años —de 1504 a 1516— en que tuvo que gobernar solo, cuando dio las más concluyentes pruebas de su extraordinaria capacidad y cuando se reafirmó como un estadista de talla excepcional. En el gobierno interior del reino y en circunstancias dificilísimas, fue su labor tan perfecta que no se echó de menos la falta de Isabel, mientras en el exterior, en el plano internacional, llegaba a escalar cimas insospechadas, siendo el iniciador de la moderna política europea de las grandes alianzas; convirtiéndose en el arbitro de una Europa cuyos hilos políticos movía con insuperable habilidad; y echando los cimientos de un imperio español norteafricano, que sus sucesores no supieron desarrollar. No es lícito tampoco rebajar a Isabel para enaltecer a Fernando, pues ambos brillan con luz propia, pero menos lo es todavía considerar a Fernando como mero auxiliar de Isabel.
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La mayor parte de los cargos que se le hacen a Fernando, obedecen a la ligereza y superficialidad con que se ha estudiado su intensa vida, pues de lo contrario no se concibe que se tache, por ejemplo, de oportunista, a quien siempre persiguió objetivos precisos y concretos que nunca quiso rebasar, aunque muchas veces hubiera podido hacerlo fácilmente. Con igual ligereza se le acusa de ingrato y envidioso, cuando si algo resalta con toda claridad en su vida de hombre de Estado, es que en su actuación política jamás se dejó influenciar por consideraciones ni sentimientos personales. Puede, en cambio, admitirse el cargo que se le hace de que no cumplía los compromisos contraídos, pero la amplitud que se da a esta acusación desborda, evidentemente, los límites de la realidad. Lejos de ser el político que en su tiempo se distinguía por faltar a sus juramentos y violar los tratados, fue más bien un gobernante que, enfrentado a políticos sin escrúpulos, tuvo que plegarse muchas veces al ambiente de su época, en que se rendía culto a las máximas políticas menos recomendables.
Los constantes éxitos que jalonaron su reinado se deben, no a que su política se basase en la falsedad y el engaño, sino a su innegable superioridad como estadista sobre todos los políticos de su tiempo. Es ahí donde hay que buscar el secreto de sus constantes triunfos, pues en el terreno político se desenvolvía con tan insuperable habilidad que jamás tuvo un solo fallo. Analizando objetivamente su actuación política, observando los pobres y difíciles comienzos que tuvo, comprobando los muchos e ingentes obstáculos que hubo de vencer y contemplando, finalmente, la grandiosa obra realizada, se ha de admitir que su figura alcanza proporciones extraordinarias. Se ha dicho de él que no era un genio, sino sencillamente un cerebro claro y realista. Pero si al artista le califica su obra, a Fernando habrá que juzgarle en razón de los méritos de la suya y ésta puede definirse diciendo que, virtualmente de la nada, forjó uno de los grandes imperios del mundo. Teniendo en cuenta la parvedad de medios con que comenzó, la capacidad demostrada en el desarrollo de su obra y las proporciones de ésta, no se ve razón alguna para no calificarle de estadista excepcional y para que su nombre no se inscriba al lado de las grandes figuras políticas de la historia. Siempre son odiosas las comparaciones, pero en este caso el hacerlas es casi obligado, dada la injusticia que con él se ha cometido. Así pues, si tomamos como punto de comparación la inteligencia y habilidad desplegadas por un estadista, los medios con que contó, los obstáculos que tuvo que vencer y los resultados obtenidos, cabe preguntar: ¿en qué desmerece Fernando el Católico de Richelieu, Bismarck o cualquiera otro de los hombres de gobierno, reconocidos universalmente como estadistas geniales?
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Al escribir el presente trabajo nos ha guiado el deseo de reflejar la ingente obra de Fernando el Católico y el alcance y profundidad de su pensamiento político. Dar una versión del estadista, más que del hombre, dando preferencia a la labor del gobernante sobre lo anecdótico o personal. Puede ser curiosa y amena una biografía de «Napoleón en zapatillas», pero después de ser ampliamente conocida la acción histórica del gran corso. En el caso de Fernando el Católico, creemos que interesa en primer término, devolverle el prestigio y el rango que le corresponde, como hombre de Estado de talla excepcional. Darle a conocer en su verdadera dimensión histórica. Con este propósito hemos procurado seguir paso a paso su actuación política, intentando demostrar que fue él quien, piedra a piedra y ladrillo a ladrillo, construyó aquel magnífico edificio que se conoce en la historia con el nombre de imperio español y cuyo mérito reclama, con legítimo orgullo, el mismo Fernando en su testamento, cuando dice: «Esta heredad que yo labré con mis manos». Consideraríamos lograda la finalidad de esta obra, si con ella se pudiese contribuir a formar un juicio exacto y fiel del más grande estadista que ha dado España.
Dentro de la extensa bibliografía sobre Fernando el Católico y aparte de Zurita —imprescindible en todo estudio sobre el rey Católico— es de justicia mencionar a escritores que, como Ricardo del Arco («Fernando el Católico. Artífice del imperio español») y otros varios, han puesto su pluma al servicio de la rehabilitación de Fernando, destacando, principalmente, José M.a Doussinague, cuyas documentadas obras «Fernando el Católico y el Cisma de Pisa», «Fernando el Católico y Germana de Foix; un matrimonio por razones de Estado» y «La política internacional de Fernando el Católico», tanta claridad derraman sobre la actuación del gran monarca.

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