HACIA UNA TEORÍA DEL ESTADO NACIONAL SINDICALISTA – JORGE LOMBARDERO

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Los dos primeros trabajos (“Hacia una Teoría del Estado Nacionalsindicalista”; “Entre la Hispanidad y el europeismo”) que aparecen en este volumen fueron concebidos originalmente como comunicaciones presentadas en las sesiones de trabajo de sendas ediciones de la Universidad de Verano de la Fundación José Antonio, mientras que el tercero (“Democracia y Derechos Humanos”) fue redactado como complemento de los anteriores para la presente edición, conformando todos ellos una unidad para la que mantenemos el título del primero: “Hacia una Teoría del Estado Nacionalsindicalista”. El primer estudio, se recoge tal como fue pronunciado en la primera sesión de la Universidad de Verano de la Fundación José Antonio, celebrada en Segovia en agosto de 1997, convocada bajo el lema “Refundación, Vertebración y Propuestas”, y organizada conjuntamente por el Instituto de Estudios Nacional Sindicalistas (IENS) y el Centro de Estudios Económicos y Sociales (CEES). La presencia de nuestra colaboración en esta Universidad y en concreto en la mesa de trabajo “FE-JONS: el camino andado y la vía de futuro” presidida por el historiador de la Falange, José María García de Tuñón, se debió a la invitación de éste, que sabedor de nuestra manera heterodoxa y crítica de enfrentarnos al ideario nacionalsindicalista, nos confió la tarea de dibujar el esquema de un Estado futuro. Intentamos avivar un debate político que fuese capaz de concretar medidas programáticas susceptibles de ser aplicadas a la transformación de la realidad. La favorable acogida de nuestra comunicación, llevó a García de Tuñón a contar de nuevo con nosotros para la segunda edición de esta Universidad de Verano de la Fundación José Antonio que él mismo pasaba a dirigir, y que se celebró en agosto de 1998 en el mismo lugar que la anterior: el castillo de Castilnovo en Segovia. En esta ocasión el tema central fueron las “Reflexiones sobre una generación entre dos siglos (1898 -1998)”. Nuestra ponencia versó sobre la idea de la Hispanidad, surgida en torno al 98 y eficazmente divulgada por Ramiro de Maeztu. Frente a la interpretación tradicional de la Hispanidad ligada a la monarquía católica y al caballero cristiano, defendimos el rescate de esta expresión pero presentada con unos contenidos laicos, republicanos y democráticos. Este trabajo fue publicado en forma de artículo con el título “Maeztu y la Hispanidad” , por la revista ovetense El Basilisco que dirige el filósofo Gustavo Bueno. Y, como, según dicen, no hay dos sin tres, fuimos invitados a participar en la tercera Universidad de la Fundación José Antonio, celebrada en el verano de 1999 en Toledo, bajo la dirección de José Manuel Cansino y cuyo motivo de reflexión fue: “España: entre Europa y los nacionalismos”. Nuestra aportación, que se recoge como capítulo segundo de esta obra, llevó por título “Entre la Hispanidad y el europeismo”, y supone en definitiva una continuación de la presentada en la edición anterior. Si en el 98 analizábamos la idea de Hispanidad, al siguiente año estudiamos las posibilidades prácticas que se pueden extraer para la política exterior española de la nueva Hispanidad que defendemos frente al europeismo, o al menos frente a la idea de Europa sostenida por Alemania como potencia hegemónica continental. El origen de estos textos, pensados para una breve exposición oral, presenta por un lado la ventaja de plantear concisamente el asunto tratado sin perdernos por las ramas, pero obliga por otro a limitar su desarrollo o a no abordar cuestiones que podrían incluirse dentro de nuestro estudio. Así, en el primer capítulo, “Hacia una Teoría del Estado Nacionalsindicalista”, entramos directamente a tratar sobre la teoría del Estado, sin antes haber definido el objeto de su estudio, esto es, el Estado. Y esta forma de proceder se debe, además de por la limitación ya indicada, a que consideramos que el auditorio al que iba dirigido, alumnos de una Universidad de Verano, sabían perfectamente que es el Estado. En cambio si el texto no tuviese ningún condicionante en cuanto a extensión y estuviese destinado a un público más amplio, sin duda que habríamos empezado por ahí. Tarea por otro lado nada sencilla, pues como nos recuerda el ex-presidente ecuatoriano Rodrigo Borja: “Cuentan que Federico Bastiat propuso en cierta ocasión que se crease un premio de un millón de francos para quien diera una buena, simple e inteligible definición de la palabra Estado. Con esto quiso dar a entender el gran teórico del liberalismo económico francés -quien como buen liberal, tenía un muy mal concepto del Estado- lo difícil que resulta ponerse de acuerdo en esa definición” . Bastiat , sabía que de establecerse el premio ese millón de francos nunca sería entregado, pues cuando es posible dar una definición inteligible de Estado, mucho más complicado es que sea simple, y lo de buena depende en todo caso de la opinión del tribunal encargado de su examen. Para nosotros, siguiendo al profesor Bueno, el Estado es una organización social heterogénea, orientada a mantener la propiedad del territorio frente a otros Estados y el buen orden o eutaxia a través del conflicto entre grupos y clases sociales . Uno de estos grupos asumirá la labor de organizar la sociedad política. Tendremos así tipos de Estado, o mejor dicho según el grupo ordenador, el Estado tendrá unos contenidos u otros, desarrollará unas funciones u otras y ejercerá unas competencias u otras. Cualquiera que aspire al ejercicio del poder debe tener claro que atribuciones va a reclamar para el Estado dentro de las funciones que teóricamente puede desempeñar. Y esto es lo que hemos hecho, centrándonos en sólo tres asuntos relacionados con el funcionamiento del Estado, que en definitiva se reducen a dos. Tanto la forma de gobierno como la participación de la población en la vida pública se encuadran dentro del debate sobre la democracia política. Si la forma de gobierno en España fuese republicana ni siquiera hubiésemos tocado este tema. Pero al ostentar la jefatura del Estado de nuestro país una persona no elegida ni elegible, creemos que cualquier propuesta para la construcción de un Estado democrático debe empezar por ahí. Como afirma Gabriel Albiac: “En cuanto al objeto de análisis (la Monarquía), reducida a su forma expositiva mínima, mi argumentación es esta: las monarquías tradicionales reposan sobre un fundamento solidísimo (para los creyentes), la voluntad de Dios; las monarquías constitucionales no reposan sobre nada, porque la voluntad de un ser efímero (la ciudadanía lo es, tanto como cada ciudadano) no puede fundar perennidad ni, por tanto, dinastía. ¿Mis preferencias? Son triviales. Ni una coma del teorema de Fermat se modifica porque yo lo prefiera o no a la geometría de Desargues; ni una coma de mi análisis de la monarquía es modificada por mis muy comunes gustos. Pero algo habrá que decir acerca de ellos; aunque sólo sea porque, al fin, los fantasmas y deseos de aquel que escribe son los de todos cuantos hablan su lengua” . Fantasmas y deseos que por cierto Albiac nunca ocultó: “A mí se me da un ardite que un rey se muera. Que muera, como todo el mundo: al fin, la muerte es el único destello democrático de la vida. Un rey es una mutación degenerada de la especie humana. La misma ‘distinción’ que lo excluye de la ley lo priva, en dura lógica, de comunidad con nadie. ‘Un rey reina o muere’, proclama Saint Just, al exigir la cabeza de Luis XVI. Mas no es jamás sujeto de derecho. Ni de moral. Ni de piedad. Ni de nada que concierna al ciudadano. Su muerte es tan ingrávida como el estéril polen de las hadas; como su estéril vida” . El tercer problema que abordamos en el primer trabajo, la forma de participación de la población en la riqueza nacional, no es otro que el de la democracia económica, con lo cual queda indisolublemente ligado a los dos anteriores que habíamos reducido a uno sólo el de la democracia política. La posibilidad que representa la democracia política, para que los ciudadanos dirijan, a través de sus representantes, la vida política de la nación sólo estará garantizada, en tanto en cuanto, exista una cierta igualdad material entre ellos, que evite las influencias desiguales en este proceso de los económicamente privilegiados. Esto sólo se puede garantizar con una democracia política y una organización económica socialista. Como ya hemos dicho las limitaciones que nos impuso el formato, nos han impedido abordar o profundizar en aspectos como los elementos tradicionalmente considerados como esenciales del Estado: el territorio, el pueblo y el poder; la distribución territorial del poder y la organización del poder judicial; los sistemas electorales, los partidos políticos y grupos de presión. Todos estos son elementos que configuran el Estado de cara al interior, pero este tiene una importante función de cara al exterior, que es su política internacional. Y, como el tema es de una gran importancia para los Estados actuales, hemos incluido el estudio de esta faceta del Estado como capítulo independiente titulado: “Entre la Hispanidad y el europeismo. Una propuesta de política exterior para España”. En el exponemos el origen de la idea de Hispanidad como consecuencia del desastre de 1898, al intentar sustituir con un Imperio espiritual el material que se había esfumado. Pero este ideal de Hispanidad, con unos contenidos netamente reaccionarios, apenas tuvo consecuencias prácticas en su aplicación a nuestra política exterior, en cuanto encubría solamente intereses peninsulares bajo una retórica hispánica que lejos de acercarnos a Hispanoamérica nos alejó de ella. Por eso hoy, en un mundo que lejos de la globalización tiende al dominio imperial por parte de una potencia hegemónica del resto del mundo, creemos llegada la hora de una nueva Hispanidad, laica, republicana, democrática y socialista que se oponga a los valores liberal-capitalistas de nuestro común enemigo: USA. Por otro lado el resurgir de una Alemania unida como cabeza visible del actual proyecto europeo, debe llevar a España a replantearse su relación con la Unión Europea, presentada ahora como un club teutón. Pero como somos conscientes de las dificultades que supondría la supervivencia en solitario, propugnamos además de la ya citada alianza hispánica, otra con el bloque de las naciones latinas del sur de Europa. Para una comprensión filosófica de este asunto recomendamos la lectura de la magnífica obra del profesor Bueno, “España frente a Europa” . El tercer y último capítulo, “Democracia y Derechos Humanos”, es un texto redactado para este libro como complemento de los dos anteriores. Si el primero estudia la organización interna del Estado, y el segundo su proyección exterior, en este reflexionamos sobre el hecho de que exista una normativa supranacional, de obligado cumplimiento para los Estados, lo que conlleva en última estancia el derecho de injerencia de una supuesta comunidad internacional en los asuntos internos de aquellos países que conculquen los derechos humanos. Aún admitiendo, que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, constituya un sistema universal y coherente, con un fundamento homogéneo, cosa que dudamos, el derecho de injerencia para su defensa, que surgió a finales de los años 80 y principios de los 90, puede basarse en objetivos morales y filosóficos incuestionables, pero también puede servir como disculpa para la dominación de la escena internacional por parte de los Estados más poderosos. La no injerencia como atributo de soberanía había sido reivindicada con fuerza por los nuevos Estados nacidos tras la segunda guerra mundial. La prohibición de la injerencia en los asuntos internos del país será la garantía contra la intervención y dominación de las antiguas potencias coloniales. Pero en el periodo de la guerra fría este concepto se vió pervertido, en especial en los países del bloque soviético, y se constituyó en arma defensiva, para evitar cualquier circulación de ideas, personas o bienes. Con el tiempo y debido a este uso, la no injerencia, perdió la relación con su origen ligado a la soberanía democrática. Como señala Nuri Albala, “el debilitamiento de la noción de soberanía nacional en virtud de la aparición del pretendido derecho de injerencia no puede separarse del movimiento que se ha llevado a cabo, después de la desaparición de uno de los dos bloques que se repartían la dominación del planeta: so pretexto de la liberalización, de apertura, de libertad, esta evolución refuerza los poderes de dominación de los más poderosos, mediante la reducción de las garantías jurídicas protectoras” . Este hecho se constata al comprobar que hasta ahora el derecho a la injerencia sólo ha sido utilizado por Estados poderosos frente a Estados más débiles que se oponían en algún sentido o estorbaban los planes de expansión imperialista de USA y sus secuaces. Así lo argumenta de nuevo Nuri Albala: “Vayamos hasta el fondo del razonamiento: si el tal derecho, o deber, de injerencia existe, ¿no podría Ruanda ejercer su derecho de injerencia humanitaria contra Israel para acudir en ayuda de los refugiados palestinos, Bolivia contra Rusia para proteger a los chechenos, Malasia contra Estados Unidos para socorrer a las poblaciones iraquíes?. Si tales hipótesis parecen absurdas o improbables es porque un ‘derecho’ así supone necesariamente, que se tengan los medios para ejercerlo y supone, por tanto, una vocación para regir todo orden internacional: algunos Estados, ‘más iguales’ que otros, dispondrían de un papel eminente para regular la suerte del planeta, derecho auto-proclamado fuera del sistema de las Naciones Unidas que, sin embargo, son la única instancia planetaria con vocación universal” . Estas conclusiones no nos descubren nada nuevo, para nosotros, ni la “globalización”, ni la “mundialización”, suponen la ‘superación del Estado nacional’. Significan en todo caso la crisis de los Estados nacionales débiles, e imponen confluencias más amplias, que pueden orientarse hacia la consolidación de bloques imperialistas o en sentido contrario para buscar alternativas frente a ellos. Nuestra posición está, sin duda alguna, con la segunda opción y nuestro compromiso con todos aquellos que luchan por su plasmación política. Ahora, sólo nos queda agradecer el esfuerzo realizado por José Manuel Cansino para que estos trabajos vean la luz, y a Francisco Otazu, Gustavo Morales y Juan Velarde la amabilidad que han tenido al prestarse a presentarlos.

 

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